martes, 26 de junio de 2012

Las apariencias engañan: Capítulo 4

Hola señadores^^ Vengo a dejaros el capítulo 4 de las apariencias engañan.


Capitulo 4

En una casa de Ghillie Dhu
—Cariño, ha llamado la policía, creen que han encontrado una pista.
—Vamos, corre. —Dice cogiendo su bolso y su abrigo.
Salen por la puerta y cogen el ascensor para bajar al garaje. Jared conduce nervioso, pero contento de que se sepa algo. Llegan a comisaría y, sin perder ni un segundo, van a hablar con el comisario. Este les cuenta que ha llamado una señora diciendo que había visto como se la llevaban, era una anciana y no se había enterado de que era un secuestro.
—Hemos estado investigando y no hemos encontrado nada en el lugar que nos han dicho. Pero hemos revisado un par de papeles y su hija parece ser que no ha sido la única en ser secuestrada durante el último mes. En el último mes han desaparecido más de diez chicas, todas de la misma edad más o menos.
—Pero, ¿quién va a querer secuestrarlas?
—Eso no es todo. ¿Les suena de algo? —Dice enseñándoles una camiseta azul con una mariposa de color morado en el centro.
—Su camiseta… —Dice cogiéndola y abrazando a su mujer.
—Era su favorita… —Dice llorando—. La llevaba puesta cuando desapareció. ¿Por qué está llena de sangre?
—La hemos encontrado en una casa a las afueras de la ciudad. Suponemos que la maltrataban. ¿Están seguros que era suyo?
—Sí, es imposible que alguna chica que viviese aquí la tuviese también. Se la compramos en unas vacaciones.
—Bien, pues… Les llamaremos cuando sepamos algo más.
—¿Cómo que nos llamaran? ¡Quiero, exijo, que me digan ahora mismo donde esta mi niña! ¡Joder, que la han secuestrado y la están maltratando y pretende que me quede de brazos cruzados!
—Señora, hacemos lo que podemos. Estamos investigando la casa en la que ha aparecido la camiseta, pero está vacía. No quedaba nada salvo esta camiseta y algo de comida. Se han debido de olvidar de hacer desaparecer la camiseta. Ahora si me acompañan a la salida. —Dice indicándoles el camino con el brazo.
Rose y Jared volvieron a su casa, más destrozados si cabe, pero sabiendo algo más de su hija, por lo menos.
En una casa lejos de la de Sandra
Jake está discutiendo con su padre por haberle hecho mudarse otra vez de casa. “Siempre es la misma historia: cree que le va a pillar la pasma y ala, a la mierda con todo, nos mudamos y listo”, piensa. Unos “matones” están haciendo entrar a las quince chicas que tiene como rehenes en el grupo. Alguna que otra tiene algunas marcas muy feas de alguna paliza dada por intentar escaparse. Los “matones” las hacen pasar adentro, mientras, Jake sigue discutiendo con su padre para que las deje irse. Es algo habitual entre ellos dos, su padre es el jefe, “el pez gordo” de la operación y no está dispuesto a soltarlas, sin embargo Jake insiste e insiste para conseguir que lo haga y nunca desiste en su empeño. Cuando su padre ya está cansado de escucharlo le mete una paliza, como hace con cada persona que se interpone en su camino, y le hace callar. Pero Jake ya tiene dieciséis años, piensa largarse de ahí y mandarlo todo a la mierda, o eso pensaba hacer hasta que llego Sandra.
Desde que ella llegó Jake sabe que no puede irse, que tiene que quedarse ahí, con ella. No sabe cómo ni por qué, pero no puede dejarla ahí indefensa frente a su padre. Es un sentimiento que nunca antes había experimentado, tal vez tenga algo que ver que nunca antes ha tenido tanto trato con las rehenes como con Sandra, pero no puede apartarse de ella. Ni dejar que su padre le pegue sin hacer nada para evitarlo. La ve pasar junto al resto de rehenes y hace ademán de ir hacia ella, pero su padre le agarra del cuello.
—¡Escúchame miserable mocoso! Te guste o no soy tu padre y hasta que no cumplas la mayoría de edad harás lo que yo diga y cuando yo diga. ¡¿Está claro?!  —Dice sin soltarlo.
—No… no me dejas… respirar. —Dice entrecortado.
—¡¿Está claro?!
—¡SÍ!
—Bien. —Dice soltándolo—. Y ahora vete. Largo de aquí. ¡Y que no te vea acercarte a mis chicas!
Jake echa a correr hacia su habitación, se calza las deportivas y sale de la casa en dirección al monte. Es lo único que le calma, echar a correr hacia el monte y cuando ya ha subido lo suficientemente arriba, cuando ya nadie puede oírle: gritar con todas sus fuerzas como si su vida dependiese de ello.
Esa mañana en casa de Annie
Los padres de Annie se levantan y suben a la habitación de su hija a ver si ya ha vuelto. Pero la cama sigue vacía, al parecer aún no ha vuelto. Bajan a la cocina a mirar y, al tampoco encontrarla, la llaman.
—Hola, cariño. ¿Vas a quedarte a comer en casa de Emily?
—¿Emily?
—Sí, en la nota que nos dejaste anoche decías que te quedabas a dormir en casa de una tal Emily.
—¡Ostras, sí! ¿Puse Emily? Dios, que mal que estoy. —Dice disimulando y tratando de arreglarlo—. Emily es su hermana, yo estoy ahora con Kaitlyn que es con la que he dormido. No sé porque puse el nombre de su hermana. Bueno, pues sí, me voy a quedar a comer, es que… me quiere enseñar un par de cosas. Ya sabes lo que me cuesta hacer amigos, papi. No quiero desaprovechar la oportunidad.
—Bien, pues hasta esta tarde.
—Adiós, papi. Un beso para ti y otro para mami.
—¿Qué? ¿Se queda a comer o no?
—Sí, se queda y ponme un café haber si me despejo, que tengo una resaca… —Dice masajeándose la frente.


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