domingo, 5 de mayo de 2013

Un Hada y el Muro Susurrante

¡Hola soñadores! Lo prometido es deuda así es que hoy os traigo un relato nuevo, lo escribimos hace bastante tiempo entre unas amigas y yo, espero que os guste :)




Un hada y el Muro Susurrante
Escrito por: Airin, Dream & Fly, Darkiel, DieciseisLunas, Meli18298!! y Melody!
Moderado por: Dream & Fly
Érase una vez son tres palabras con las que empiezan todos los cuentos de hadas, de demonios o de brujas.
Los cuentos de hadas son aquellos en los que una preciosa dama se ve ahogada por los celos de una bruja, que intentará destruir su vida y ella será rescatada por un maravilloso príncipe azul. Es curioso, que se llame cuento de hada y no salga ninguna. ¿La muchacha? Puede ser que sea ella el hada, pero es una simple humana que se deja caer por los trucos de una bruja, un hada no es débil. ¿El príncipe? Es una idea un tanto extraña, él tiene el valor de un hada, pero jamás su gracia. ¿La bruja? Quien sabe las hadas pueden ser tan buenas como malas, pueden ser tan feas como bellas, tan jóvenes como viejas… Si quizás por eso se llamen así.
Luego están los cuentos de demonios, que empiezan con desgracias, siempre, en ellos el protagonista se ve sometido a ciertas circunstancias que lo harán cada vez menos humano o tal vez más, porque el egoísmo, la codicia, la envidia y la lujuria lo terminaran convirtiendo en un ser de ojos rojos como la sangre que se bebe en cada uno de sus festines.
Y por último los cuentos de brujas, esas a la que todos tachan de viejas amargadas, feas y con verrugas que se transforman en bellas mujeres capaces de realizar una magia impresionante desde levantar los mares hasta abrir los cielos. Tales cuentos que solo tratan de las maldades que realizan y de las penurias por las que pasaron.
En el Mundo Libre, cuando cumples dieciséis años te asignan uno de esos papeles, conforme haya sido la historia de tu vida. Una simple y estúpida palabra decidirá tu futuro para siempre.
Y si tu papel es el de una bruja o el de un demonio, te mandan a la otra parte de «El Muro Susurrante» a la que llaman Zona Muerta. Debido a que ellos pueden resultar lo más peligroso de estas extensas tierras; por miedo a ellos, a su fuerza, a su inteligencia se les manda ahí como a una cáscara de naranja se tira a la basura. Una vez en el otro lado se les priva de alimento.
El alimento para nosotros son las palabras, largas cadenas de frases nos hacen crecer, hablar, leer, caminar, correr… Porque la sabiduría será lo que se les robe para realizar sus excelentes trucos.
Hada soy desde hace un año y todavía no sé si mi papel es ser la hada dama o la hada bruja, pero si se trata de este segundo entonces tendré que hacer todo lo posible por ocultarlo.
Como hada que soy, vivo en la Zona Viva. Mientras paso horas y horas leyendo a veces siento como si el viento gritara en susurros, como si tratara de hablarme y su falta de voz se lo impidiera. Cuando esto sucede miro El Muro Susurrante y creo que esos gritos del viento son en realidad el polvo de voces que arrastra a través de El Muro. Ellos tienen hambre. Tienen hambre desde hace mucho tiempo. Necesitan leer.
Muchas veces, por curiosidad me entran ganas de acercarme al Muro Susurrante pero como las Serpientes Azules se deslizan constantemente a su alrededor y los Búhos Rapiña vuelan por encima de mi cabeza proyectando su sombra en mis ojos, mi curiosidad muere en segundos. Pero son tantas las voces que oigo cada noche como preciosas melodías rotas por desafinados instrumentos, que es inevitable no pensar cómo será su dolor.
Y esa noche voy.
Estoy muy intrigada me acerco con mucha cautela y de pronto escucho una voz, casi ni se oye pero estoy segura de haberla escuchado, me acerco poco a poco y nuevamente lo escucho, parece un lamento.
—¿Quién anda allí? ¿se encuentra bien? ¿necesita ayuda?
—Niña no estoy bien tengo hambre, me estoy debilitando. —La voz apenas es un débil susurro perceptible.
Yo saco un libro de mi mochila y trato de pasárselo por el pequeño agujero que hay.
—Tome usted esto, le va a ayudar. —Los ojos que veo por el agujero se iluminan por un momento pero luego esa ilusión se desvanece al darse cuenta de que el libro no va entrar por el pequeño agujero.
—Gracias niña ha sido muy amable de tu parte, pero ya ves que no hay nada que se pueda hacer. —Estoy muy cansada sé que ya me tengo que ir pero me niego a rendirme.
—Volveré mañana y encontrare una solución —le digo. Ella asiente y solo me mira con algo parecido a la nostalgia como si ya le hubieran dicho eso antes y nunca hubieran vuelto.
Al día siguiente vuelvo, a pesar de que he estado buscando una solución no la encuentro, llego al muro y me doy con la sorpresa de que me ha estado esperando me acerco al agujero y veo unos hermosos ojos que brillan de esperanza, me siento muy desdichada al saber que voy a tener que matar esa esperanza pero de pronto se me ocurre algo. ¿Qué pasaría si en vez de pasarle los libros los leo?
—Volvisteis.
—Sí, volví y tengo una gran idea.
Esa noche me paso leyendo, un poco antes del amanecer me doy cuenta de que su voz ha ganado fuerza, parece una dulce y tranquila melodía. Al despedirnos le digo que volveré esta noche.
Esa noche voy y me doy cuenta que no está sola sino que tiene un amigo más, al principio la voz del chico es muy débil pero mientras pasa la noche pareciera que ha ganado fuerza.
Me despido y les digo que volveré, al día siguiente voy muy feliz porque tengo una nueva idea he copiado historias en pequeños libros para que pasen por el agujero. Cuando estoy por llegar me doy cuenta de que hay aproximadamente doce personas más, y lo único que puedo pensar es que tendré que hacer muchos libritos más, pero que importa mientras ellos sean felices.
Voy durante muchos días más, después de la primera semana perdí la cuenta. De lo único que soy capaz de recordar es que cada vez hay más gente y del chico, que siempre está a mi lado en El Muro.
Ese chico al cual solo los ojos puedo ver, pero sus ojos me hipnotizan como nadie nunca lo ha hecho, deseo poder verlo a la cara, saber cómo es, pero no puedo, el Muro es un gran obstáculo que no nos deja conocernos.
Emocionada por ver esos grandes y verdes ojos de nuevo me dirijo hasta El Muro, al llegar estoy casi segura que hay mil veces más personas que la última vez y no puedo dejar de preguntarme: ¿Qué es lo que los engancha tanto de los libros?
Me siento en la silla de madera habitual y empiezo mi lectura, no sin antes buscar esos hermosos ojos que me impulsan a leer, y ahí están, verdes como el bosque y sin perder más tiempo me enzarzo en la lectura.
A veces, a mitad de la lectura me detengo a mirarlos a todos, ver las expresiones que dan sus ojos me llena de felicidad. Cuando oyen mis historias sus rostros retoman color, y siento las sonrisas en sus bocas.
Antes de terminar mi lectura me pregunto: ¿De dónde llegarán tantos? Y, ¿a dónde se van después de que terminen? Tal vez se queden ahí…
Cuando termino, me mata la curiosidad. Me despido pero me escondo en un pequeño rincón, cuando me parece que no queda nadie más, me fijo por la pequeña rendija. Doy un pequeño grito, los ojos verdes me están viendo fijamente desde la rendija.
—¿Qué haces aquí mágica lectora? —me preguntan los ojos verdes.
—Yo… Es que… Quería averiguar hacia donde os dirigíais vosotros al terminar mi lectura… —dije avergonzada. La curiosidad siempre mata al gato, y en este caso es una gata y soy yo.
—Pues no lo podréis averiguar. Usted sabe perfectamente que no se puede.
—Lo sé, lo sé… ¿Podría saberse, cuál es su nombre?
—Yo… me llamo Sortia. Y ¿usted hermosa hada?
—Yo me llamo… —Se oyó un ruido lejano por el lado del Muro.
—Me tengo que ir, disculpe —dijo Sortia mientras salía corriendo en el oscuro pasillo.
Decepcionada, pero a la vez feliz, me fui a mi casa. Y camino a ella encontré la respuesta de porque les hacía tanto bien mis lecturas.
La lectura, es algo entretenido. Divertido, que te lleva a un nuevo mundo, lleno de posibilidades y magia, que es solo tuyo, y de tu imaginación. Los libros te hacen sentir, te hacen reír, llorar, amar, enojarte y hasta en momentos decepcionarte, pero siempre quieres más. Al leer ellos sienten todo esto, y hago que sean felices y dichosos. Es un orgullo para mí saber, lo que estoy logrando y lo que puedo seguir haciendo.
Llego a mi casa y me duermo tranquila, pensando en el hermoso muchacho de ojos verdes. Y en la magia que sorprendentemente estoy creando…


Amanece. Siento la luz y el calor que entran por mi ventana. Estoy ansiosa porque llegue de nuevo la noche, para volver al Muro y ver a Sortia, aunque solo sean sus ojos. Sortia, bonito nombre, es curioso, ¿cuál será su origen? Quiero saber más sobre su nombre, sobre él. Si tan solo no existiera ese muro… ¡pi pi pi pi! ¡pi pi pi pi!
—¡¿Pero qué…?! —abro los ojos de golpe por el susto.
Pero no veo nada, que extraño, pensé que había dejado la ventana abierta. Busco a tientas el lugar del que procede ese estridente sonido.
—¡Aquí estás! —Encuentro el despertador y lo apago—. Sin duda debería tirarte a la basura, me levantaría de mejor humor si me despertara escuchando la sinfonía nº 3 de Beethoven, así no habría riesgo de infartos.
Me levanto para abrir la ventana, y al fin llego al lugar, no sin antes dejarme la espinilla en el camino, ¡maldita silla! De repente, noto el fresco de la mañana, el aire roza mi piel con un suave cosquilleo. Un momento… me paro desconcertada. Siento el aire, el calor del sol, incluso percibo la luz, pero… No veo, tengo los ojos abiertos. ¿Qué pasa? No lo entiendo. Busco con mis manos la ventana, desesperada, estoy tocando el borde, los cristales, definitivamente está abierta ¿Por qué no veo? Corro por la habitación tropezándome con los muebles en mi camino, hasta encender la luz. No es posible ¡No funciona! ¿Acaso me quedé ciega? Rompo a llorar desconsolada sin saber qué hacer, haciéndome un ovillo en el suelo.
Creo que debieron pasar horas, o al menos, eso me pareció. Mantengo los ojos cerrados desde que comencé a llorar, con la esperanza de abrirlos y que todo haya sido un mal sueño. Los abro de nuevo, impaciente por la angustia.
El dolor que sentí en ese instante, no podría describirlo. Cualquier persona habría sentido temor, desesperación por levantarse un día y no ver nada. Pero yo no, no me preocupaba como podría desplazarme, como podría alimentarme o hablar con los demás. No. Mi primer pensamiento fue una sola palabra leer… libros, el Muro, mi magia, aquellas personas que me necesitaban, Sortia. Y todo aquello me provocaba un sentimiento de dolor y tristeza. En mi mente aparecieron pensamientos entrelazados, como los eslabones unidos que rodean mi garganta, formando la cadena que descansa en mi cuello. Un colgante que me regaló mi padre en mi último cumpleaños, justo antes de desaparecer. Me toco el colgante instintivamente, mi padre, si estuviera aquí, él podría ayudarme. Me entristecen sus recuerdos.
Y es entonces cuando suena su voz en mi cabeza: «Nunca dejes que los problemas te impidan ver, siempre debes encontrar el camino, solo tienes que buscar una luz que te guíe, mi pequeño topillo». ¿Y si no la veo? Le había preguntado yo, «La luz no solo se ve, también se siente, y sino, solo tienes que recordar por qué te llamo topillo. Al nacer no vemos y eso no nos impide seguir creciendo. Más tarde o más temprano, dejamos de ser pequeños topos para pasar a ser pequeños ratones roedores ¡que lo destrozan todo a su paso!» Empezó una guerra de cosquillas, y entre risas, hámsteres y ratas de alcantarillas, nos quedamos dormidos.
Este recuerdo me hizo despertar, ¿qué hacía ahí sentada? ¡Así no iba a conseguir nada!, y como no tenía a donde ir, y sin ver, tampoco podía arriesgarme demasiado, decidí ir al Muro. Ya me sabía el camino de memoria después de todos estos días, y allí no me sentiría sola, podía esperar a que aparecieran Sortia y los demás, quizás ellos podrían ayudarme.
Llegué al Muro Susurrante sin problemas, y me senté allí a esperar junto a la rendija. Todo estaba muy silencioso, estaba empezando a pensar que igual me estaba quedando sorda también. Pero de pronto, una voz conocida, hizo desaparecer cualquier pensamiento que hubiera tenido hasta el momento.
—Hoy llega más temprano que de costumbre —dijo Sortia, y por su voz sentí que sonreía—. Así tendremos más tiempo para escuchar las historias.
—Creo que eso no podrá ser, lo siento —dije casi en un susurro. Sortia tuvo que percibir la tristeza en mi voz porque se apresuró a responder.
—¿Que le ocurre? ¿Por qué no puede leernos hoy? —contestó angustiado. No sabría decir si estaba así porque se quedaría sin historia, o porque estaba preocupado por mi. Sentí su mirada clavada en mi nuca, pero le estaba dando la espalda y no le dejaba verme a través de la rendija. Mejor para mí, porque en ese momento comenzó a caer una lágrima inesperada, de las que ya pensé que no me quedaban, por haber llorado tanto hacía pocas horas.
—¿Por qué no te das la vuelta y pruebas a contarme? Quizás así te sientas mejor, todavía no llegaron los demás, y tardarán un poco, tenemos tiempo, y yo no tengo nada mejor que hacer. Pero podrías comenzar por decirme tu nombre, yo ya te dije el mío.
Esto me hizo llorar aún más, realmente parecía que se preocupaba por mí. Lentamente cambié de posición para dar la cara y que pudiera verme, y entre llantos intenté explicarle toda la historia. No pronunció palabra mientras yo hablaba, se limitó a escucharme, como hacía cuando les contaba las historias.
—Y por eso ahora no puedo leeros, ya no puedo ayudaros, me he quedado ciega y... y los libros no caben por la rendija, y yo.... soy una inútil, ya no puedo hacer nada para ayudaros —concluí, volviendo a romper en llantos.
—¡Eh! Tranquila. ¿Recuerdas esos libros que escribiste para nosotros? ¿Aquellos que transcribiste tú misma solo para que nosotros pudiésemos leer cuando quisiéramos? Al menos creo que lo hicisteis para eso —asentí con la cabeza—. Bien, pues ahora seremos nosotros los que te devolvamos el favor, por lo agradecidos que estamos de que hayas hecho todo esto por nosotros sin pedir nada a cambio. Ahora seremos nosotros los que te leamos a ti, hasta que te recuperes, ¿vale? No podrás ver porque se te ha cansado la vista, haces demasiado tú sola. Nosotros te leeremos a ti, y cuando estés recuperada podrás volver a leernos, solo si quieres, claro.
—Sí, sí quiero.
—Bien, entonces cuando todos aparezcan lo hablaré con ellos y leeremos nosotros. Incluso podemos contarte nuestras historias. Gracias a ti, que has alimentado nuestra imaginación con los libros, es que hemos podido inventarnos historias propias. Historias que ahora te contaremos nosotros. Y así haremos, cuando tú estés bien, nos las contarás tú y cuando tú estés mal, será nuestro turno de ayudarte.
Y así fue como, a pesar de la distancia o del obstáculo que había entre ellos, el hada hizo muy buenos amigos y ayudó a mucha gente. Que le estarán eternamente agradecidos por sus actos de buena fe. Gracias a ella pudieron leer libros, cosa que no podían hacer porque en su lado del muro no estaban permitidos.


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