martes, 18 de junio de 2013

Retazos de mi última aventura: Capítulo 1 (parte 1)

¡Hola soñadores! Hoy os traigo el primer capítulo de esta novela ^^ Los capítulos son algo largos, por lo que los iré dejando por partes, para que no se haga muy pesado, de momento os dejo la parte uno :)

7 días (parte 1)
Vamos de camino al súper. Sally está empeñada en que tenemos que hacer un postre como invento de receta, para cumplir el punto 14 de mi lista, pero yo quiero inventar una comida picante. Llegamos al súper y entramos, pero seguimos discutiendo.
—Es que no lo entiendes. Si hacemos un postre podemos quedar para merendar esta tarde con el resto de la pandilla, y aprovechar para hacer el picnic y cumplir otro punto. Si hacemos una comida picante como quieres, cosa que es más difícil de inventar, que quedamos ¿para cenar? ¿Hacemos un picnic cena? No ves que no.
—Pues podríamos —le rebato—. O podríamos simplemente cenarlo las dos juntas y quedar con el resto para merendar.
—Ah no, yo comidas picantes sabes que no como.
—¿Ni siquiera por mí? —le digo haciendo pucheros. Vamos caminando a lo largo de los pasillos del súper, sin decidirnos aún.
—Por ti… —finge pensárselo un rato—. Tal vez. Pero también es que… ¿qué pretendes inventar? Es mucho más fácil inventar un postre. Y así… podría probarlo yo —exclama mirándome esperanzada.
—Está bien —me dejo convencer al fin—. Pero algo complicado. Voy a inventarme una receta, no quiero que sea la típica tarta.
—Vale, pero hay que hacerlo ya si queremos organizar el picnic a la tarde. Es la una y cuarto.
—Pues venga, muévete —le digo haciendo aspavientos con las manos.
—¡Pero tendrás que pensar antes qué es lo que quieres hacer!
—Una tarta, una tarta que sea mía. Una que cuando yo no esté podáis hacer y la llaméis la tarta de Lizzie —digo soñadora.
Entonces me doy cuenta del poco tacto que tengo. Claramente no valgo para estas cosas, se preocupa por mí más que yo.
—Sally… —digo abrazándola—. Venga vayamos a por un carrito.
Veo que intenta sonreír y asiente. No puedo seguir así, tengo que cuidarme más de lo que digo. O mejor dicho de cómo lo digo. Creo que le he dado más abrazos hoy de los que le he dado en toda mi vida, aunque no es que sea muy cariñosa.
Llegamos a donde los carritos y cogemos uno de los grandes. Se lo doy a Sally y la voy guiando por los pasillos.
—Veamos quiero hacer una tarta que sea, bizcocho de chocolate por abajo. Una capa de mousse de chocolate blanco encima, después otra capa de bizcocho, pero este de limón. —Le voy indicando con las manos—. Nata encima de esa, mucha nata. Y esa sería la parte de arriba, que lleve algo escrito con sirope de fresa. Y luego buñuelos por encima de la nata, en los bordes. Y… luego chocolate cubriendo la tarta, para que no se vea el interior.
—Eso nos llevará mucho rato…
—Pues empieza a buscar los ingredientes. Yo te voy dictando y tú lo metes en el carro. Voy a buscar recetas en google —digo sacando mi móvil del bolsillo.
»Necesitamos mantequilla. Como… tres mantequillas, más vale que sobre que el que falte. Harina… yo diría que dos packs. —Sally va yendo por los pasillos, rellenando el carro—. Dos docenas de huevos, nata montada, nata para montar para el mousse, un paquete de azúcar… cobertura de chocolate, de eso ciento setenta y cinco gramos mínimo. Levadura royal. Y levadura normal.
—¿También? —exclama Sally, sorprendida.
—Para el de chocolate es royal, para el de limón es normal —me encojo de hombros. Nótese la poca idea que tengo de cocina—. Un yogurt de limón, vamos un pack de cuatro. Aceite de oliva… eso mejor no, hay en casa. Ciento cincuenta de leche… Ciento cincuenta de chocolate blanco, vamos tableta y pico, y un sobre de gelatina neutra. ¿Lo tienes todo? —le pregunto tras haberle ido dictando, mientras le acompañaba a lo largo de los pasillos.
—Creo que sí —asiente—. Vamos a pagar.


Llegamos a mi casa en lo que considero un tiempo récord. Entramos dentro y dejamos las compras. Le explico apresuradamente a mamá lo que pretendemos hacer y marcho a la cocina.
Mamá es castaña, también, delgada y alta. Tiene una melena corta a capas y unos preciosos ojos chocolate. Se le nota en su rostro el cansancio acumulado desde hace semanas. Mi relación con ella no es que se diga muy buena. De hecho, apenas tenemos relación. La vida con ella es un tanto… difícil. Es como no tener una madre, como tener una compañera de piso más bien. Nunca se ha hecho responsable de mí, al menos no hasta la enfermedad.
Desde muy pequeña tuve que aprender a valerme sola y lo he seguido haciendo hasta ahora, con quince años. Aprendí que mamá entraba y salía de casa cuando quería, sin decirme nada, y que yo tenía que aceptarlo sin más. Que no podía esperar que se comportase como el resto de madres, porque no sabe ser madre. Papá la abandonó al enterarse de que estaba embarazada y ella no quería tenerme, era demasiado joven, tan solo tenía dieciséis años. Me críe feliz durante los primeros años de mi vida, con los abuelos. Pero cuando al cumplir cinco años ellos murieron, me mandaron a vivir con mi madre. Ella no me quería en su vida, siguió haciéndola como si yo no fuese su hija.
Se encarga de pagar la luz, el gas, el teléfono fijo con el internet, el agua, la hipoteca y de pasarme todos los meses doscientos euros a mí. Con esos doscientos euros yo me tengo que pagar la comida, —ella solo hace compra para ella. Puedo compartirla con ella, como por ejemplo el champú y esas cosas, pero si necesito algo o me apetece comer algo tengo que comprármelo yo—, la factura del móvil, y demás cosas, —como los libros del colegio cuando tocan, la matrícula, el material escolar, ropa cuando me hace falta, etc—. La suerte es que cuando no me llega, como en el caso del mes de septiembre con los libros, puede echar mano de mi parte de la herencia de los abuelos por lo que tampoco me cuesta tanto. Y ella piensa que haciendo esas cosas ya cumple como madre. Al final he llegado a acostumbrarme, aunque no me gusta del todo. En ciertos aspectos está bien, por ejemplo en que no tengo normas, pero en otros simplemente es el hecho de que no me apetece ser ya adulta y tener tantas responsabilidades.
Pero desde que llamaron del hospital a casa para remitir que ya estaban los resultados de mis pruebas y mamá se enteró, parece más centrada con respecto a mí. Es como si se preocupase más por mí. Sigue sin hacerme la comida, o preguntarme que tal me ha ido el colegio, o ayudarme con los deberes si lo necesito, como haría cualquier otra madre, pero por lo menos se ve que lo intenta. Me acompaña al hospital y está pendiente de que todo lo que me he de tomar para la enfermedad entre en mi cuerpo. E incluso hablamos más, aunque no mucho. Pero sigue siendo difícil, y creo que moriré sin que las cosas con ella se hayan solucionado.


En la cocina, Sally se encuentra colocando las compras para que estén a un alcance más rápido.
—Empecemos por el bizcocho de chocolate —le digo—. Así mientras se hornea podemos ir haciendo el mousse en la thermomix. Primero… —echo un vistazo de nuevo a la receta con el móvil— hay que fundir el chocolate con ciento cincuenta gramos de mantequilla. Podemos hacerlo en el micro pero hay que ir parándolo y removiéndolo para que se mezcle bien. ¿Lo haces tú y mientras yo sigo?
—Claro.
Sally coge el chocolate y la mantequilla. Saco la báscula del armario y se la tiendo. Le pongo un poco de papel de aluminio por encima y dejo que Sally pese los ingredientes. Miro el reloj: las 13:21. Hay que darse prisa. Sally se dedica a fundir el chocolate, mientras yo bato los huevos con azúcar. Después, mezclamos las dos masas. Tamizo la harina y la levadura, siendo tan torpe que se me cae la harina por todo al colarla. Lo añado a la masa anterior y dejo que Sally lo remueva, como lo haga yo seguro que la lio otra vez.
Mientras espero voy batiendo las claras de los huevos y las añado a la masa, Sally sigue removiendo. De repente, se le va el brazo y una parte de la mezcla sale disparada hacia mi cara. Me quedo bloqueada, no esperaba que eso pasase. Sally pone cara de estar suplicándome disculpas, yo solo la miro, con la cara llena de la masa, y suelto una enorme carcajada limpia. Menudas pintas que llevo.
Me voy al baño a limpiarme la cara y allí, en el espejo, veo de verdad las pintas que me he puesto. Parezco alguien a quien le hayan tirado una tarta encima, con toda la cara blanca y negra por la masa. Me lo limpio y vuelvo de nuevo a la cocina.
Al volver Sally ya ha vertido la masa en un molde y está preparando el horno. Al parecer no somos tan malas cocineras como pensaba.


Llevamos horas cocinando, ya tenemos hecho casi la tarta y nos encontramos dándole los últimos retoques.
—Vale, ahora derretimos el resto de la cobertura que queda y cubrimos con ella la tarta. Y cuando se terminen de hacer los buñuelos le ponemos la nata y el sirope y los ponemos. ¿Lo haces tú? Ya has visto la que he liado antes… Eso sí, sin salpicar, por favor —digo sonriendo.
Sally suelta una carcajada y asiente.
Derrite el chocolate y empezamos a recubrir la tarta con él. Después yo me dedico a ponerle la nata, mientras Sally vigila que los buñuelos se estén friendo bien. Una vez se terminan de hacer los colocamos por el borde de la tarta. Cojo el sirope de fresa y escribo: «Buñuetarta».
—¡Lista! Está ¡perfecta! —exclamo feliz.
—¿Buñuetarta?
—Es el nombre de la receta. Será la buñuetarta. —Digo riéndome.
—Pues tiene buena pinta la buñuetarta. ¿Qué tal si pedimos unas pizzas para comer? Y luego quedamos con los chicos para merendar.
—Vale, pero espera —digo sacando del bolsillo la lista y tachando el punto de la receta—. Ahora sí, ¿un Telepizza?
—¡Perfecto!


—Entonces a las seis allí. Sí, vale, genial. Nos vemos allí. Lo sé, adiós —termino de hablar con Brian. Es curioso, Brian siempre se despide diciéndome que me quiere y yo soy incapaz de contestarle que yo también. Siempre le he contestado que lo sabía. Quizás por eso sea tan importante para mí el decírselo antes de morirme y que sea un punto esencial de la lista—. Hora de prepararse —digo esta vez en dirección a Sally—. Hay un picnic que montar. Hemos quedado con Brian a las seis en la cuesta del monte. Él avisa al resto de la pandilla.
—¿Podrán venir?
—Sally, estamos en verano. En verano hay tiempo para todo.
Nos acicalamos un poco, nos cargamos a la espalda unas mochilas con unos pocos juegos y nos marchamos de vuelta al súper en el que hemos estado antes, que está al lado de mi casa. Una vez allí compramos unas latas de coca-cola y fanta, y una botella de agua. Para picar cogemos unas pocas bolsas de patatas. Pagamos todo y lo guardamos en las mochilas. Es hora de coger el tren hasta el camino cercano a la cuesta que sube al monte, no queremos llegar tarde.


Cuando nos vamos acercando a la cuesta los vemos, ya están todos allí.
Veo a Brian y el corazón me da un vuelco, como cada vez que lo veo, —aunque esto es algo que nunca le diré, claro está—. Brian es rubio, con el pelo liso y flequillo de lado, sus ojos son verdes, su tez es morena y sus labios carnosos. Siempre acostumbra a vestir con ropa pija, —sus padres tienen bastante dinero, probablemente por eso viste siempre con ropa de marca—. Tiene una sonrisa de ensueño, de perfectos dientes blancos, y cuando sonríe le salen dos pequeños hoyuelos a cada lado. Resulta adorable cuando lo hace. Es alto, muy alto, —me saca una cabeza—, y también delgado, supongo que porque hace mucho ejercicio. Es un chico brillante, no creo haber conocido a nadie tan inteligente como él. Pero sobretodo es tímido, ¡dios que si lo es! Es un chico de ensueño, una de las mejores cosas que tengo en esta vida.
Aún recuerdo que hace un par de meses, cuando empezamos a salir, todas las chicas iban detrás de él. Yo no lo hacía, por supuesto, me parecía demasiado tímido y apenas hablaba con él. Siempre me ha ido más la marcha que a él, me fijaba en la gente menos vergonzosa. Pero él sí se había fijado en mí. Entonces, un día, fuimos toda la clase de excursión, y a mí me tocó de compañera con él. Teníamos que recoger flora del parque, para después clasificarla. Brian estaba muy nervioso, parecía como si quisiera decirme algo, pero no se atrevía. Estoy segura de que quería pedirme salir, pero tampoco le di tiempo de hacerlo, ni le he llegado a preguntar nunca si era eso lo que quería decirme. Había sido tan adorable durante toda la excursión, estando tan atento conmigo, que solo tenía unas ganas irrefrenables de besarle. Y así fue como, sin poder controlar mis irrefrenables ganas de hacerlo, lo besé. Desde entonces estamos juntos y no me he arrepentido nunca de dar ese primer paso, creo que si hubiese sido por él jamás hubiésemos llegado a estar juntos.
El resto de la pandilla también está ahí: Jack, Kelly, Evelyn, Matt, Carl y Derek. Todos juntos hacen una combinación de cuadrilla perfecta.
Jack es el mejor. Es pelirrojo, como Sally, alto, delgado y con unos ojos grisáceos que me enamoran. No para quieto un momento, de hecho creo que es hiperactivo, y siempre está bromeando, tal vez por eso nos llevamos también: siempre consigue hacerme sacar una sonrisa; y el hecho de que no pare quieto combinado con que yo soy un pequeño terremoto también ayuda.
Kelly, por el contrario, es todo lo opuesto a nosotros. Es castaña, con una melena larga que le cubre toda la espalda, y que siempre lleva perfectamente peinada, alta, con gafas y con una perfecta tez color moreno aceituna que no tiene ni una sola impureza. Tampoco para nunca quieta, pero no en el mismo sentido. Hace veinte mil actividades, no sé de dónde saca el tiempo. Saca siempre matrículas, y es delegada de clase, capitana del club de debate, directora del periódico escolar, voluntaria aquí y allá y demás cientos de cosas. La admiro muchísimo, no sé cómo puede hacer tantas cosas y estar siempre tan calmada, sin una pizca de estrés. Es la más pacífica del grupo, creo que nunca la he visto discutir con nadie ni levantar aunque sea un poco la voz.
Evelyn. Evelyn es todo un cañonazo, según dicen siempre los chicos. Es rubia, con unos ojos color marrón, —no el típico marrón, sino un marrón como chocolate, preciosos—, acostumbra a vestir con ropa ajustada, según ella para dejar a los chicos con la baba colgando, y tiene una seguridad en sí misma que ya le gustaría tener a mucha gente. Es una chica que vive la vida, que disfruta de cada momento como si no hubiese un mañana. Una chica que pisa fuerte.
Respecto a Matt, es odioso, es un egocéntrico, creído, chulo… Está constantemente vacilando a todo el mundo. Sobretodo a mí, que suelo tener bastantes piques con él. Es moreno, con el pelo rizado, ojos marrones y bien musculado, de hecho está obsesionado con su físico. A veces lo odio —la mayoría de las veces—, pero sabe comportarse cuando hay que hacerlo y no sé qué haría sin él.
Carl se parece más a Brian. Es castaño, con un ojo verde y el otro azul —cosa de lo más curiosa—, y con la cara salpicada de pecas. Es un chico super sensato, con un fuerte sentido de lo que está bien y de lo que está mal. Tiene problemas de habla, es disléxico, lo que a veces le provoca que diga las sílabas de una palabra en el orden incorrecto, o que al leer confunda las letras.
Y, por último, está Derek. Derek es más como yo. Es desenfrenado, loco, se apunta hasta a un bombardeo. Todo un don Juan, cada semana tiene una novia distinta. Y todo un bromista, como Jack. Tiene unos ojos marrones, el pelo rubio, y no es tan alto como el resto de los chicos de la panda, —lo que a veces le crea complejo de bajito—.
Y, en definitiva, esta es mi pandilla. La mejor del mundo.
Todos saludan a Sally dándole dos besos, y a mí rehúsan de dármelos: saben que los odio. Nos ponemos en marcha, se va a hacer un camino largo. La cuesta es empinada, con una cuesta que diría supera los sesenta grados de inclinación. Acabamos de empezar a subir cuando Carl ya se está quejando, no le va mucho el ejercicio físico.
—¿Falta mucho?
—Ya sabes que falta mucho —le respondo.
—Es que es demasiado inclinada. —Se queja—. Voy a empezar a hacer como cuando era pequeño e íbamos en coche, a preguntar a cada rato cuanto falta.
—¡Ni se te ocurra! —le debate Sally con una mirada que mata.


Cuando ya llevamos un buen rato ascendiendo, después de ya haber hecho varios giros y descansos, todos estamos hechos polvo. Todos menos Jack, que sigue subiendo tan tranquilo, sin falta de energía alguna, guiándonos a todos. No sé de dónde saca la energía, es como si se tomara siete cafés cada mañana.
—Venga, blandengues. Que no podéis con nada —nos acusa—. Si ya casi estamos, mirad ahí.
Todos seguimos la dirección de su dedo, que apunta a lugar que nos decía, y vemos que tenía toda la razón. Un poco más arriba, a apenas veinte metros a la derecha hay un pequeño parque. Al lado de él se congregan unas cuantas mesas de picnic, y un pequeño círculo con varias tumbonas y una mesa en el centro. Y árboles, árboles por todo alrededor.
Cuando éramos pequeños, solíamos celebrar allí todos nuestros cumpleaños. Subíamos por el camino que hay para coches, y tan solo teníamos que subir la cuesta que ahora estamos subiendo nosotros. Y pasábamos largos ratos subidos en el roble que hay en la otra esquina del parque, me encantaba ese roble.

Hecho a correr y salgo disparada cuesta arriba, queriendo subirme de nuevo al robre. Entonces, a mitad de la cuesta, empiezo a notar como las fuerzas me flaquean. Las piernas empiezan a amenazar con no poder sujetar el peso de mi cuerpo y me empiezo a marear. Oigo voces que gritan mi nombre y veo que echan a correr hacia mí. Noto una oscuridad que se avecina sobre mí y, entonces, me noto desvanecer.

miércoles, 5 de junio de 2013

Retazos de mi última aventura: Prólogo

¡Hola soñadores! Hoy os traigo el prólogo de una nueva novela, sé que esta va a ser la buena y que la voy a terminar sí o sí. Aún tengo que crearle su página en el menú, por lo que de momento os traigo el prólogo y de aquí a unos días estará la página para que podáis ver la sinopsis :)

Prólogo
Me encuentro en el hospital. Acaban de comunicarme que la enfermedad que tenía, la culpable de que me hubiese pasado horas y horas encerrada en este maldito hospital para que la investigasen, en lugar de estar disfrutando de mi vida, era incurable. Se habían pasado meses investigando lo que tenía, intentando averiguar cómo tratarla. Pero nada de eso había servido. Nada. Ya no había esperanza: era incurable. En pocos días acabaría consumiéndome por completo, me habían dicho. Como si fuese una maldita flor que se pudre.
Cuando me dieron la noticia, el mundo se me vino encima: había desaprovechado mis últimos días de vida encerrada en un puñetero hospital. Salgo de la habitación seguida de mi madre y me dirijo hacia el coche. El camino de vuelta a casa se hace pesado. Sé que ella quiere hablar, que quiere que hablemos de lo que ha pasado en el hospital, pero no sabe cómo y yo no quiero hablar de ello, por lo que no digo nada.
Cuando llegamos a casa subo corriendo a mi habitación y me encierro. Me quedan 7 días, más o menos, 7 días para disfrutar de la vida al máximo, como nunca antes lo he hecho, y no pienso desaprovecharlos. Cojo papel y boli y empiezo a escribir, necesito hacer una lista: la lista de todas las cosas que necesito hacer antes de morir. La lista que tengo 7 días para cumplir, si es que llego a los 7 días. Escribo:


Lista de cosas para hacer antes de morir:
1.     Montar un fiestón y que venga la poli a echarnos.
2.    Participar en una carrera callejera de coches o de motos por última vez.
3.    Comer comida basura hasta reventar.
4.     Hacer paracaidismo.
5.    NO morir virgen.
6.     Romperle el corazón a Brian.
7.     Reírme hasta llorar.
8.    Tener las narices de decirles, por fin, a todos lo mucho que los quiero.
9.    Colarme en un concierto.
10. Conseguir por fin arrastrar a todas a colarnos en una discoteca.
11.  Viajar a Roma o a New York.
12.  Pasar una noche bajo las estrellas.
13. Escribir un libro.
14.  Inventar una nueva receta y que me salga bien.
15.  Rodar por una ladera de hierba por última vez.
16.  Dejar mi huella en algún lugar, para que todos me recuerden.
17.   Tomar prestada una moto y conducir sin carnet.
18.  Hacer una fogata en la playa.
19.  Darle un buen puñetazo a la puta de Ashley.
20. Teñirme el pelo de azul.
21.  Hacer un picnic en lo alto de una montaña.
22. Gritar hasta quedarme afónica.
23. Vivir una gran aventura.
24. No dejarme a nadie por despedir.
25.  Hacerme un tatuaje.


Cuando termino leo el papel en voz alta. La gran mayoría son casi imposibles de cumplir, pero tenía que apuntarlas. Otras simplemente son cosas que no puedo morir sin hacerlas. Está claro que no podré hacerlo yo sola, necesitaré ayuda. Tengo que ir a casa de Sally y pedirle ayuda. Sally es pelirroja, con melena larga y rizada, ojos azules, tez morena, de estatura media y delgada. Es la más loca de todas mis amigas, la más desenfrenada (aunque no tanto como yo, ella se achanta más), la que se apunta hasta a un bombardeo; me ayudará fijo.
Me acicalo un poco y me miro en el espejo, no me gusta mucho lo que veo. Una chica castaña, con el pelo largo largo y rizado, ojos verdes, de estatura media y delgada me mira desde el otro lado del espejo, con la tez tan pálida que parece uno de esos actores que hacen de vampiros y portan maquillaje en demasía. Me veo cansada, con unas ojeras de tres kilómetros de largo (no exagero), y unas bolsas enormes bajo los ojos. Cualquiera diría que llevo semanas sin dormir, aunque lo cierto es que duermo como un lirón. El aspecto que tengo ahora mismo no me hace mucha gracia, parece como si ya estuviese muerta, así es que me dispongo a disimularlo con un poco de maquillaje.
Es verano, no hace mucho frío, por lo que llevo unos vaqueros largos conjuntados con una camiseta azul, de manga corta y con unas cuantas palabras como diseño, cortita, y una chaqueta blanca también corta por encima, que dejan al descubierto mi ombligo. Para que se pueda ver el piercing que llevo, quiero poder lucirlo como nunca, antes de morir.
Cojo el papel con la lista y me lo meto en el bolsillo, junto con las llaves de casa y el móvil. Le aviso a mamá de que voy a casa de Sally y salgo por la puerta. Miro el reloj: 11:27, el tiempo corre deprisa.


Cuando llego a casa de Sally lo primero que hace es preguntarme por lo que han dicho los médicos:
—Pasa, vamos. Vayamos a la cocina, ¿quieres algo para tomar? ¿Té, café, un chocolate? ¿Batidos o algún zumo? Espera ya sé: quieres un batido de fresa ¿verdad? —Conocía bien mi obsesión por los batidos de fresa.
—Gracias —digo cuando me lo pone delante, pegando un largo sorbo.
—Bueno, deja de beber y cuéntamelo de una vez, ¿qué es lo que te han dicho?, —no han pasado ni cinco segundos, aún no he tenido tiempo de contestar, cuando ya se está impacientando—. Venga, vamos, ¡no me pongas más nerviosa!
La miro, eso es lo único que hago. Pero al parecer mi mirada lo expresa todo, porque antes de que pueda siquiera abrir la boca dice:
—No. No, no, no, no. Dime que no.
—Yo no puedo hacer nada…
Veo cómo las lágrimas empiezan a asomar a sus ojos.
—¿Cuánto? —dice enjugándose las lágrimas.
—7 días, más o menos. Y he traído esto —digo sacando la lista—. Esperaba que pudieses ayudarme a cumplirla con los demás.
Se la entrego y la lee.
—Sabes… sabes que tendremos que contárselo a los demás para que nos ayuden, lo de tu enfermedad. —Sally es la única que lo sabe, sé que fui egoísta al contárselo y al provocar que ella viviese también con ese sufrimiento, con esa agonía, pero necesitaba poder desahogarme con alguien que no fuese mi madre.
—Preferiría no hacerlo.
—Se puede intentar… Sin decírselo a nadie, haciendo como que simplemente son planes, pero será bastante difícil. ¿Darle un buen puñetazo a la puta de Ashley? —pregunta, partiéndose de risa.
—No puedo irme sin hacerlo, no hay quien la aguante.
—¿Y lo de romperle el corazón a Brian? —pregunta, ya más seria.
—Necesito hacerlo. Necesito que me odie para que no se sienta atado a mí de por vida, para que pueda volver a estar con otras chicas una vez yo muera.
—No digas eso, por favor. No así —dice intentando contener de nuevo las lágrimas.
—Lo siento, Sally —digo abrazándola—. Pero no puedo hacer nada, es mejor que lo aceptemos cuanto antes…
—Tal vez no quiera aceptarlo hasta que ocurra.
—Sally…

—Da igual, no importa. Cumplamos tu lista, pongámonos manos a la obra.


¿Qué os parece? ¡Besosos de osos!