lunes, 29 de julio de 2013

Retazos de mi última aventura: Capítulo 1 (parte 3)

¡Hola, soñadores! Hoy, por fin, s traigo la tercera y última parte del capi^^


7 días (parte 3)
Nos encontramos en el tren. Cada uno camino a su casa.
—Mañana en la parada de mi casa. Que nadie se olvide nada.
—Y que nadie se pase, nos vamos veinticuatro horas, no más. Y Kelly… no nos traigas una maleta hecha para un mes solo para por si acaso, como haces siempre. Tráete solo una chaqueta, y solo un recambio de ropa.
—Pero, ¿y si me roban la chaqueta? ¿Y si se me mancha la ropa?
—¿Cómo te van a robar la chaqueta? ¡Si en todo caso la llevarás puesta!
—Puedo dejarla en un bar y que me la roben o algo… Más vale prevenir que curar, llevaré dos más para por si acaso.
—En todo caso con una bastaría.
—¡Me pueden robar una y puedo perder otra! Para por…
—Sí, sí —la interrumpió Carl—, para por si acaso es mejor prevenir.
Todos alzamos los ojos al techo, con desesperación.
Poco a poco nos fuimos separando, hasta que tan solo quedamos Sally y yo. Nos bajamos en la misma parada, como siempre, y nos despedimos con un abrazo —otro más para la larga lista de hoy—. No puedo simplemente no dárselo, se la nota destrozada y como si toda esta situación la superase. Lo peor es que no ha hecho más que empezar.
Llego a casa, dejo la mochila en mi habitación y me hago la cena: filete con patatas. Termino de cenar, mi madre está sentada frente a la televisión. Me dirijo a subir las escaleras para ir a mi cuarto cuando me recuerda lo de las pastillas, por lo menos intenta preocuparse, aunque ya sea un poco tarde.
—Mamá, voy a morirme igual. Ya no importa que me las tome o no.
—Ya, tienes razón…
—Mañana voy a salir de viaje, por cierto. Me voy de vacaciones con los chicos, volveré en dos días.
—¡Genial!, tendré la casa para mí sola. ¿Necesitas algo?
Que te comportes como una madre y no como una compañera de piso. Que quieras ayudarme con la maleta como haría cualquier madre o que me grites por avisarte con tan poca antelación y no me dejes ir. Pero en lugar de eso le digo:
—No te preocupes, ya me las apaño sola. —Como hago siempre.
Subo a mi habitación. Me preparo una ducha caliente para relajarme. Han sido demasiadas cosas en un mismo día. Tras terminar de ducharme, de secarme el pelo, de lavarme los dientes y de ponerme el pijama, saco una de mis maletas, la más pequeña que tengo. La de equipaje de mano. Abro el armario y empiezo a pensar qué llevarme.
¡Joder, no hay nada que me guste!
Empiezo a esparcir ropa por la cama, mi indecisión es total. Combino unas camisetas con unos pantalones, con otros, con unas minifaldas, con otras, con unos shorts, con más pantalones. Me vuelvo loca. Es desesperante. Al final me decido por una blusa blanca con una falda vaquera con volantes para mañana. Y un top verde con unos shorts blancos para el día siguiente. Y el bikini azul, por si paramos en una playa. Meto también la cazadora vaquera, la corta, por si hiciese frío. Y el neceser que no falte, aunque decido meterlo por la mañana. Meto algo de ropa interior. Paso revista. De zapatos las converse verdes. Creo que no me dejo nada.
Vuelvo a doblar toda la ropa que hay esparcida por mi cama, la guardo de nuevo y, finalmente, saco la maleta al pasillo.
Decido meterme ya en la cama, mañana tengo que madrugar. Pero una vez me hallo bajo las sábanas me es imposible dormir. ¿Quién sería capaz de hacerlo, sabiendo que al dormir solo consigue perder horas y horas de vida a lo tonto? Mientras pienso ciento y un formas de poder dormirme me viene a la cabeza un recuerdo de mis abuelos.
Eran Navidades. En concreto era la noche en la que venía “Papá Noel”. Por aquel entonces aún vivía con mis abuelos, mi madre se encontraría en su casa, supongo. La verdad es que no recuerdo si estaba o no. Yo tendría alrededor de tres o cuatro años. Recuerdo que no podía dormir. ¡Me era imposible! La sola idea de saber que iba a venir un hombre que me iba a traer regalos tan solo por haberme portado bien me excitaba tanto que no podía dormirme —era pequeña e inocente, no me lo tengáis en cuenta—.
A mi abuelo le gustaba mucho contarme cuentos, y a mí me encantaba que me los contase, dicho sea de paso. Recuerdo que me había contado uno y me había mandado ya a dormir, ¡pero yo no podía dormir! ¡Estaba muy nerviosa! Así que salí al salón y le pedí que me contase otro, porque no podía dormir. Entonces mi abuela me dijo, agachándose para ponerse a mi altura:
—¿Sabes lo que hay que hacer para dormirse muy muy muy muy rápido y que la noche se pase volando y puedas levantarte a abrir los regalos?
—¿Qué? —le contesté yo, emocionada.
—Tienes que cerrar los puños muy muy fuerte, cerrar los ojos muy muy fuerte y desear con todas tus fuerzas el dormirte.
—Pero… ¿y si no funciona? —le dije preocupada.
—Entonces, para que tenga más fuerza, te cuento un cuento.
—¡Sí! —dije ilusionada. Y arrastré al abuelo hasta mi cuarto.
—¿Cuál quieres que te cuente?
—¡El de Kevin! —recuerdo que le dije. Me encantaba ese cuento, me lo contaba una y otra vez. Tanto es así que aún hoy recuerdo con total claridad cómo me lo contaba.
—Había una vez un lejano reino, lleno de seres fantásticos, había de todo: dragones, caballeros y princesas, magos, brujas, hadas, elfos y… un niño normal. Ese niño se llamaba Kevin y no era mago, ni brujo, ni elfo, ni caballero… Nadie entendía de dónde podía haber salido, lo recordaban siempre en el pueblo. En el colegio los compañeros se reían de él, todos los demás podían hacer magia, o volar, o echar fuego por la boca, o tenían poderes… pero él no tenía nada.
»Lo había intentado todo para ser un ser mágico. Había intentado ser mago, pero al ponerse el gorro de mago se le caía y le tapaba toda la cabeza y la varita salía huyendo de él mientras, enfadada, decía “¡Qué vergüenza! ¡Ser yo tocada por un simple humano sin magia!”.
»Había intentado ser un brujo, pero los gatos negros le habían arañado toda la cara y, al echar los sapos y las culebras en el caldero para intentar hacer una pócima, una culebra le había picado en la mano y se le había hinchado. ¡El pobre Kevin era alérgico a las culebras!
»Después había intentado ser caballero, pero solo de pensar en luchar contra un dragón… ¡se le ponían los pelos de punta! Era demasiado miedica para eso.
»Probó también a ser dragón y comió muchísisisimas guindillas, y otras comidas picantes para echar fuego por la boca, pero picaban demasiado, ¡además, el fuego daba mucho calor! Desde luego él no podía ser un dragón.
»Princesa no podía ser ¡los príncipes no necesitan ser rescatados! Y al intentar estirarse las orejas para ser elfo se le habían puesto rojas como tomates. Un hada tampoco podía ser, ¡era demasiado grande!
»Y tampoco sirena ¡no podía respirar en el agua! Intentó también ser superhéroe pero ¿sabes que pasó cuando intentó volar? Que se cayó al suelo y se dio tal golpetazo… ¡que no quiso volver a saber nada sobre volar!
»Pero entonces, si no podía ser nada de eso ¿qué era Kevin? No lo sabía. Y le entraron ganas de llorar. Y llorando se lo encontró Rosetta en el parque del cole. Y le preguntó: «¿qué te pasa, Kevin?».
»Kevin le dijo, entre lágrimas y moqueos, que lloraba porque él no era nadie como los demás. Porque no tenía ningún poder mágico. Entonces Rosetta le contestó: «¿Cómo que no eres nadie? Eres mi amigo Kevin. Y tienes el poder de hacer que me ría mucho jugando contigo».
»Kevin la miró y se quedó muy sorprendido. ¡Él no había pensado en eso! ¡Claro! ¡Él también tenía poderes! Desde ese día Kevin usó sus poderes para jugar con todos sus compañeros y hacerles reír, y nadie más volvió a decirle que no tenía poderes. Porque él tenía el poder más importante: el poder de la risa.
Recuerdo que tras ese último cuento intenté el truco de la abuela y, o yo era muy inocente y tenía ciega fe en ella, o realmente funcionó. Cierro los ojos con fuerza, los puños también y lo intento.
Tras media hora de intentarlo sin éxito desisto. Entonces empiezo a contar ovejitas, pero me siento más idiota aún. Está claro que así lo único que consigo es perder el tiempo y sentirme más agarrotada. Miles de pensamientos cruzan mi mente. Miles de recuerdos. De nuevo las lágrimas empiezan a amenazar con derramarse por mis ojos pero en esta ocasión, en la oscuridad de mi cuarto, me lo permito.
Lloro a lágrima viva por todo. Por todas las cosas que me voy a perder: por el baile de graduación que nunca tendré, por la universidad a la que no iré, por las tardes con amigos en la playa, la piscina, el monte, en parques de atracciones… en las que no estaré, por los viajes de fin de curso que no tendré, por las personas que no conoceré, por la mascota que nunca tendré —siempre he querido una pero mi madre se niega a compartir la casa con más que conmigo—, por la ropa que no me compraré, por las risas que no me echaré, por los libros que no leeré, por la casa propia que no tendré, por los hijos que no tendré, por no poder seguir por más tiempo al lado de Brian, porque dejaré un hueco vacío que otra, u otras, persona llenará, por las discusiones con Matt que no tendré, por las risas con las salidas de Evelyn que no tendré, por la paciencia con la dislexia de Carl que no le podré dar, por no poder estar ahí como una hermana para Sally, por no poder burlarme más de Derek y su complejo de Don Juan, por no poder seguir ahí admirando a Kelly, por no poder poner histéricos a todos junto con Jack, por… por todo. Lloro por todo hasta que me duelen los ojos de tanto llorar y se me secan las lágrimas. Lloro porque no es justo, porque yo no he hecho nada para merecerme esto. Porque sé que hay gente que también está luchando por su vida o a punto de morirse, pero en este momento solo puedo ser una completa egoísta y pensar en mí y en nadie más.
Cuando ya tengo los ojos secos de repente se me ilumina, ¡la cámara! No me he metido la cámara y no puedo olvidármela. Tengo que grabar cada uno de los recuerdos de estos últimos días que me quedan, para que nunca me olviden y puedan tenerlos siempre con ellos. Me levanto y la guardo en la maleta, así es imposible que me la olvide.
Después pienso en seguir llorando y compadeciéndome de mí misma, pero está claro que eso no me va a ayudar y que solo va a hacer que pierda más el tiempo. Así que cojo la lista y miro los puntos que me quedan, para ver si hay algún punto con el que pueda ponerme ahora y ahorrar tiempo. Ya dormiré cuando esté muerta. Porque, joder, ¡me voy a morir! Las lágrimas vuelven a asomar a mis ojos y empiezan a caer, empapándome el pijama y dejando pequeñas gotas sobre la hoja de la lista. A pesar de esto, reviso la lista en busca de algo.
Y lo encuentro: el punto 13; escribir un libro. Me gusta leer. Sí, sé que no pega conmigo. Que las chicas como yo no parece que tengamos una vena tan... «friki», por llamarla de algún modo, pero lo cierto es que, aunque no es algo que todo el mundo sepa y no lo voy pregonando a los cuatro vientos, me gusta leer, y mucho. Empecé a leer cuando empezó mi enfermedad, he de admitirlo. Siempre había sido reticente a la lectura, pasaba de leer los libros de lectura obligatoria en el instituto, Kelly me pasaba los resúmenes —ella sí se los leía—, pero cuando empezó mi enfermedad, una tarde hablando con Kelly me habló de un libro de fantasía que estaba leyendo, y ahí empezó todo. Decidí probar con el libro, total no perdía nada, si no me gustaba lo dejaba y ya está. Y puesto que Kelly parecía tan emocionada con el libro suponía que no estaría mal. Y no me equivoqué. El libro era fantástico y con mi enfermedad me ayudó a abstraerme del mundo y a no pensar en ella durante un par de horas. Después de ese leí unos cuantos más de fantasía, me ayudaban a dejar este mundo e irme a otros, donde me imaginaba que mi enfermedad no tendría por qué existir, total eran otros mundos. Entonces fue cuando la idea vino a mi mente, si a mí esos libros me habían dado una especie de apoyo quería devolverles el favor y dárselo yo a otras personas. Pero nunca llegué a escribir ningún libro. No sabía sobre qué hacerlo.
Y es ahora cuando sé sobre qué hacerlo: sobre mis últimos días. Enciendo el ordenador y, mientras escucho el característico sonido de windows esperando que termine de encenderse, miro el reloj: 2:37. Termina de encenderse el portátil y abro un archivo word en blanco. Comienzo a teclear, redactando todo lo que ha pasado hoy. No pienso parar hasta haber terminado.

La última vez que miro el reloj son las cinco y veintidós.

¡Espero que lo disfrutéis! ¡Besosos de osos!


martes, 9 de julio de 2013

Retazos de mi última aventura: Capítulo 1 (parte 2)

¡Hola, soñadores! Hoy os traigo la segunda parte del capi 1 ;) Ya solo queda la tercer parte y estará completo^^

7 días (parte 2)
Empiezo a ser capaz de abrir los ojos poco a poco. Lo primero que veo son las caras preocupadas de todos. Miro en derredor y veo que me encuentro tumbada en una de las tumbonas, aunque no recuerdo cómo he llegado hasta aquí. Intento incorporarme pero las fuerzas me abandonan.
—¿Qué-qué ha pasado? —consigo articular.
—¡Dios, estás bien! —exclama Brian con alivio.
—Ni se te ocurra volver a hacernos eso, cabra loca, no sabes el susto que nos has dado.
—Estoy bien.
—¿Bien? Y un cuerno, guapa. La gente no se cae al suelo por exceso de alegría.
—De verdad, no es nada —digo consiguiendo incorporarme, al fin—. Habrá sido un bajón de azúcar o algo.
—Sí, de azúcar, ya —me rebate Sally.
Si las miradas matasen, con la que le pego probablemente ya habría muerto.
—¿A qué viene eso? ¿Por qué esa ironía?
—Nada, no importa. Me apetece ir al columpio, ¿alguien más se apunta? —intento cambiar de tema. No puedo dejar que sepan lo de mi enfermedad, que sufran tanto.
—¿A los columpios? ¿Cuántos años decías que tenías? —pregunta Matt.
Le saco la lengua y corro hacia los columpios. Me voy a morir, y nadie va a impedirme que disfrute como una enana antes de hacerlo.
Sally, Kelly, Brian, Derek y Matt cogen las mochilas y preparan la comida, mientras que Jack, Evelyn y yo nos balanceamos en los columpios.
Después de un buen rato balanceándonos, y de que Jack y Evelyn choquen apropósito sus columpios contra el mío, el resto de la panda nos llama: quieren echar una partida a las cartas.

Después de un buen rato jugando, de que Jack nos haya puesto a todos histéricos con su manía de levantarse cada dos por tres a estirar las piernas, de que Matt se haya picado porque ha quedado último, y de que Derek haya hecho trampas como nunca y yo haya discutido con él por ello, dejamos de jugar. Ni siquiera sé cómo he aguantado tanto rato jugando, la verdad. Siento que me ahogo, que el tiempo se me acaba y que no puedo perderlo jugando a los mismos juegos que llevo jugando toda mi vida. Siento unas prisas irrefrenables por cumplir todos los puntos de la lista cuanto antes. Y estallo:
—Voy a rodar ladera abajo.
Todos me miran boquiabiertos, todos menos Sally, claro. Hace años que dejamos de jugar a esto y que a mí me dé ahora por hacerlo de vuelta les choca. Nadie parece dispuesto a querer hacerlo también, pero, por suerte, Sally me apoya.
—Voy contigo —me dice.
Nos tumbamos en el suelo y nos cogemos de las manos. Tomamos impulso y empezamos a rodar, ladera abajo. De pequeña este juego me encantaba, y ahora recuerdo por qué. Mientras vamos rodando me siento una persona libre, sin preocupaciones, cuyo único propósito en la vida es rodar y rodar. Noto como el barro me va pringando entera, pero me da absolutamente igual, sigo rodando, cada vez con más velocidad, fundiéndome con la hierba. De repente, veo al resto corriendo ladera abajo, para intentar pararnos, y lo consiguen.
Me quedo tumbada en la hierba, notando como la cabeza me da vueltas. Ya recuerdo por qué dejé de hacer esto, me mareaba demasiado. Brian me ayuda a levantarme y, al hacerlo, me noto perdida y desorientada. No sé si es por efecto de la enfermedad, que hace que las fuerzas me abandonen a ratos, o si es por el mareo de haber rodado ladera abajo, pero la cosa es que noto que voy a volver a caerme de un momento a otro. Me agarro bien a Brian y él parece notar que algo me pasa de nuevo:
—¿Estás bien? ¿Te encuentras mal de nuevo? No has debido rodar ladera abajo después de haberte desmayado. Deberías de tener más cuidado, no te das cuenta de que me preocupo por ti y que…
Dejo de escucharle. Brian, cariño, te adoro, pero odio que te pongas en modo padre. Entiendo que se preocupe por mí, es más, adoro que lo haga. Me doy cuenta de que si lo hace es porque de verdad me quiere. Pero me duele que lo haga, me duele porque sé que hace este tipo de cosas porque me quiere, y sabiendo que me quiere tanto me va a costar muchísimo más hacerle daño, llegado el momento.
Veo que me está mirando, al parecer esperando una respuesta.
—Estoy bien. De verdad —recalco esto último tras su mirada de «ya, seguro, y yo soy idiota y me lo creo»—. Tan solo ha sido el mareo, ya sabes, tras rodar a tanta velocidad me he mareado un poco pero estoy bien. Vamos —digo tras extenderla la mano hacia él—, vayamos con el resto.
Nos acercamos a la manta del picnic de nuevo y nos sentamos. Cada uno pica algo mientras hablamos entre nosotros de cosas insustanciales, las típicas conversaciones de nuestra pandilla:
—¡Hey! Me han dicho que has inventado tú esta buñuetarta tan molona —dice Matt con sorna.
—Es mi tarta especial. Tranquilo, os pasaré la receta pero eso sí, nada de cambiarle el nombre o apropiarse de los derechos de autor.
Todos pegan una enorme carcajada. Sally yo les servimos un trozo a cada uno, quiero que todos la prueben. Después de que todos acepten que no nos ha salido mal y que les guste —menos a Matt, que de seguro le gusta pero no quiere admitirlo solo por molestar. Es odioso— la charla se va hacia otros temas:
—Entonces qué, ¿tú y Lisa…? —pregunta Jack a Derek.
—Nada serio, ya sabes. Es una buena amiga.
—Sí, amiga —ironizo—. Ya sabéis, hasta que se aburra y se busque a otra amiga —bromeo sacándole la lengua a Derek.
—Tú también eres amiga mía, preciosa. Cuando quieras… ya sabes donde vivo —me guiña un ojo.
—¡Para el carro Don Juan! Que es mía —dice Brian apegándose más a mí.
—¿Celoso? —le responde de vuelta.
Todos soltamos una enorme carcajada y yo beso a Brian, que se pone colorado como un tomate. ¿Ya había dicho lo adorable que es?
La charla sigue sobre otros temas, pero la verdad es que no presto mucha atención. Me doy cuenta de lo mucho que me duele el saber que voy a verme obligada a abandonar todo esto. Que ya no habrán más carcajadas, más bromas, más piques míos con Matt, pacifismo de Kelly, más frases con dos pares de narices por parte de Evelyn, más inseguridades de Carl, más… Nada. Ya no habrá más nada. En seis días todo se habrá acabado para mí, para siempre. Noto que las lágrimas intentan asomar por mis ojos. Las retengo. No puedo ser tan débil. No puedo dejar que el resto se enteren de esto. Me fuerzo a sonreír.
—Juguemos a algo —propone Sally entonces—. ¿Os hace un twister?
—¡Venga! —exclama Evelyn.
—¡Yo me ocupo de la relureleta!
—¿La relu qué? —bromea Matt, burlándose de que a Carl se le trabe la palabra ruleta por su dislexia.
—La re-relu-relure-… —intenta decir, mientras cierra los ojos para concentrarse— …-ru-rula-rulata-ru… —hace un sonido como «beag», destrabándose la lengua—. Me habéis entendido, eso.
—Siempre igual, déjale en paz al pobre —dice Evelyn abrazando a Carl.
—Bueno, haya paz —la diplomática de Kelly.
Sacamos la manta del tablero de la mochila y la colocamos en el suelo.
—¿Jugáis todos? —pregunta Sally.
—Yo no. Jugar vosotros —me fuerzo a sonreír—. Quiero echar un vistazo a las vistas.
—Espera, voy contigo. —Ese es Brian—. Ahora venimos. Vamos, Saltimbanqui.
Saltimbanqui. Soy su Saltimbanqui. Aún recuerdo el día que empezó eso:
—Hola, princesa. —Me dijo nada más verme.
Habíamos quedado en el parque, para dar una vuelta. Era el día siguiente de la excursión, aún no éramos lo que se dice «novios», —aunque esa es una palabra demasiado fuerte para mí y nunca he nombrado a Brian como «mi novio»—. Yo acababa de llegar al banco donde él me estaba esperando.
—¡Oh, Dios, no, por favor! Eso sí que no.
—¿Qué he hecho?
—¡Llamarme princesa! No quiero ser de esas chicas que tienen un novio cursi que les llama princesa y les regala rosas por San Valentín. Dime que no eres de esos, por favor.
—No lo seré —me dijo sonriendo—. ¿Qué tal… Saltimbanqui? Eres como un pequeño terremoto, siempre de acá para allá. Siempre estás saltando o brincando, nunca paras quieta. Te pega. ¿Eso sigue siendo cursi?
—No es cursi. Es adorable —le dije antes de besarle.


—¿Te pasa algo? —me dice tras dejar atrás al resto. Se ha dado cuenta, ¿cómo no se iba a dar cuenta si me conoce mejor que yo misma?—. Llevas toda la tarde un poco rara.
—Yo… —me debato entre decírselo o no. Si se lo digo sé que lo único que conseguiré será que él sufra como nunca y no quiero eso. Además si se lo digo mi plan de romperle el corazón se irá al traste, sabrá por qué lo hecho. Pero sé que no podré guardármelo durante mucho más tiempo…— No es nada, solo estoy un poco ida. Es verano, ¡tengo cientos de planes por hacer! Solo es eso, llevo toda la tarde pensando en todo lo que quiero hacer, por eso estoy algo ausente.
—Mmm… ¿y qué tipo de planes son esos? —pregunta mientras me abraza de modo mimoso.
—Tendrás que esperar para descubrirlo —le respondo con tono coqueto.
—¿Ni una pista?
—No sé si te la mereces… —me hago de rogar.
Me estrecha entre sus brazos y me besa apasionadamente.
—¿Y ahora?
—Mmm… No sé yo…
Hace ademán de ir a volver a besarme, pero en el último momento, cuando nuestros labios están a punto de tocarse se echa para atrás.
—¡Hey! —me quejo, atrayéndolo de vuelta hacia mí.
—Eso como venganza —dice sacándome la lengua—. No hay pista, no hay beso.
Me hago la enfurruñada y me alejo. Tengo claro que voy a salirme con la mía, pero si quiere jugar, juguemos. No tarda en venir tras de mí y abrazarme.
—Por lo pronto, el primer plan es gritar hasta quedarme afónica.
—¿Gritar hasta quedarte afónica? —pregunta extrañado.
—Exactamente, después te contaré el siguiente. Ahora, a gritar.
—¿Qué pretendes? ¿Hacer una especie de lista de esas, con cosas que hay que hacer antes de morir?
—Pudiera ser. Por ahora tú solo grita, suelta toda la rabia que lleves dentro.
Y tras decir eso grito. Grito con todas mis fuerzas, soltando toda la rabia contenida hasta el momento, la rabia por saber que voy a morir. Me paso diez minutos gritando, tal vez más, o al menos eso me parece a mí. Pero me da absolutamente igual. Solo quiero gritar hasta quedarme sin voz. Y Brian grita conmigo, compartiendo este mágico momento. Compartiendo mi rabia. No dejándome sola ni siquiera en este momento, como siempre ha hecho. Sigo gritando, hasta que noto cómo la garganta me empieza a doler, solo entonces paro. Miro a Brian y le sonrío.
—Volvamos… —Sí, de hecho creo que lo he conseguido. Apenas se oye mi voz, pero Brian parece entenderme.
—… Con el resto.

Cuando nos vamos acercando al resto todo lo que oímos son risas. Y vemos que siguen jugando al twister. Menudas posturas, se van a descalabrar.
Me desternillo al llegar y oír a Evelyn. Creo haberos dicho ya que es una chica que pisa fuerte, es auténtica.
—¡Yo no te estoy provocando! Eres tú que no sabes controlar a tu amiguito.
—Evelyn, te tengo enfrente. A cuatro patas. Con una camiseta bastante sugerente. Eso es provocar para que me caiga, ¡deja de hacer trampas!
—No tengo la culpa de que mi cuerpazo de diosa te provoque una erección.
—¡Uuuhhhh! —exclamamos todos menos Matt antes de soltar una carcajada conjunta.
—Bueno tengo un plan loco de los míos, ¿se apunta alguien? —digo yo intentando librarle del marrón en el que se ha metido.
—¡Cuenta! —una emocionada Kelly.
—Ir a Roma. Este verano.
—¡Estás loca! Tenemos dieciséis años, no podemos coger un vuelo a otro país así por las buenas. Es más, tú tienes quince. —Gracias Carl, querido, por recordarme que ni siquiera podré llegar a cumplir los dieciséis antes de morirme.
—¡Oh, vamos! ¡Hacerlo por mí! Como una última aventura.
—¿Última?
Idiota, idiota, idiota.
—¿Eh? —intento disimular—. Última y primera. La última antes de que nos castiguen de por vida —bromeo.
—Yo me apunto.
—¿Por qué no? Yo también.
—Por intentarlo que no decaiga.
—¿Entonces todos dispuestos a intentarlo? —digo esperanzada.
—Lizzie, no sé si es buena idea. Nuestros padres… —el santo de Brian.
—¡Si está todo previsto! Hacerme caso, saldrá bien —digo esto último posando los ojos en Brian.
—¿Cuándo iríamos? —dice Derek.
—Mañana.
—¡¿Mañana?! —dicen al unísono, patidifusos. Lo juro si estuviésemos sentados en unas sillas no me extrañaría que todos se hubiesen caído de las mismas.
—Sí, solo tenéis que pensarlo, ¿quién de nosotros tiene pasta a tutiplén y un padre empresario con un avión que usa cada semana?
—¡Para el carro, Saltimbanqui! ¿Pretendes que yo le pida el avión prestado a mi padre? ¡Estás más loca de lo que pensaba! ¡Jamás cederá!
—¡Oh, por favor, Brian! ¿Cómo no va a ceder a dejarle su avión al ejemplar de su hijo? Sabes que te dirá que sí, ¡que incluso nos acompañará para que no hayan problemas! Tu padre te adora, ¿por qué no iba a hacerlo?
—Porque… Bueno yo…
—Usas ese avión cuando quieres. Te lleva de viaje a donde quieres siempre. Y sé que es así aunque nunca me lo digas. Sé que no quieres presumir pero no lo estás haciendo. ¡He estado en tu casa cientos de veces! Conozco a tu padre. ¿Por qué no iba a ceder a que esta vez te lleves a un par de amigos?
—Dejarme hacer una llamada.
—¡Eres el mejor! —exclamo feliz como una perdiz. Él se aleja a hacer la llamada.
—No si al final va a estar bien esto de tener a un amigo rico —dice Jack.
—¡Si te aprovechas de que tenga dinero cuanto quieres!
—¡No me aprovecho! Al menos no de su dinero, de su casa sí.
—¿Sabéis? Aún no llego a entender cómo es que teniendo tanto dinero como tiene y con esas notas que saca va a nuestro instituto. Quiero decir, podría ir a un colegio de muchísimo más prestigio y no a la mierda que es nuestro instituto.
—Porque no quiere ser un niño rico. No quiere que la gente esté con él solo por su dinero. Quiere ser una persona normal —digo yo—. Es por eso que pasó tanto tiempo hasta que nos invitó a su casa, no quería que lo supiéramos, que le utilizáramos. Aún hoy le cuesta. Se siente bastante acomplejado por eso. Aunque pasado ya tanto tiempo creo que entiende al fin que estaríamos a su lado aunque fuese pobre. Y por eso no quería acceder a lo del avión, estoy segura. No le gusta presumir de su dinero.
Oímos los pasos de Brian acercándose con el móvil en la mano, y tapando el auricular de este.
—¿Cuántos días iríamos?
—No muchos, por favor, tengo voluntariado…
—Un día, no más.
—¿Solo un día? No puedes arrastrarnos hasta Roma y luego…
—No tenemos tiempo para más —le interrumpo—. Tengo muchas más cosas planeadas para hacer este verano. Además si accede esta vez podremos volver otra. ¡Por favor! —digo haciendo pucheros—. Solo un día, por favor.
Todos asienten, conformes. Me tienen demasiado mimada, al parecer. Brian intercambia un par de palabras más por teléfono y cuelga.
—Todo arreglado. Será mejor que nos vayamos a hacer las maletas. Salimos mañana a las diez.
—¡Yuuuhuuu! —exclamamos al unísono, felices.
No puede creerlo. Nos vamos a Roma. Yo y mis amigos nos vamos a Roma. Será un viaje mortal.
—¡Pues todo el mundo a casa! —exclama Kelly—. ¡A hacer las maletas! Y nada de acostarse tarde que mañana hay que estar puntuales.
—Sí, mamá —decimos Derek y yo a la vez, antes de soltar una carcajada.
—¿Dónde quedamos?
—Vamos a recoger, os lo cuento por el camino.
Empezamos a recoger el twister y las sobras del picnic. Entonces recuerdo un punto de la lista: «Dejar mi huella en algún lugar, para que todos me recuerden».
—Inmortalicemos este momento —les digo.
—¿Saco la cámara? —pregunta Evelyn.
—No. Sí, bueno, también. Yo pensaba en otra cosa más bien, pero podemos sacar una foto igual. ¿Qué os parece hacer una inscripción en el roble? Para recordar este momento cada vez que vengamos. Derek tú tienes un permanente, siempre llevas permanente.
Derek saca el permanente y todos vamos al roble. Escribo:


Tengo los mejores amigos del mundo.. 28/06/12 Siempre con vosotros, Lizzie.


—Eso es demasiado cursi para tu estilo.
Lo sabía, pero en ese momento necesitaba dejar constancia por escrito de lo mucho que me importaban. Para que nunca me olvidasen.
—¿Tenemos que ponernos también tan cursis?
—Solo escribe tu nombre abajo, petardo. Hacerlo todos.

Y lo hacen. Dejando en nuestro árbol para siempre constancia de aquel día. Después terminamos de recoger y sacamos la foto. Nos cuesta un poco y tenemos que hacer varios intentos, cuando no sale alguien con los ojos cerrados, Jack sale movido, o Derek poniéndole cuernos a alguien, o yo, que soy la que tiene que echar a correr antes de que salga el disparo y colocarme, no llego a tiempo. Pero al final conseguimos sacar una más o menos decente. 


¡Besosos de osos!