lunes, 29 de julio de 2013

Retazos de mi última aventura: Capítulo 1 (parte 3)

¡Hola, soñadores! Hoy, por fin, s traigo la tercera y última parte del capi^^


7 días (parte 3)
Nos encontramos en el tren. Cada uno camino a su casa.
—Mañana en la parada de mi casa. Que nadie se olvide nada.
—Y que nadie se pase, nos vamos veinticuatro horas, no más. Y Kelly… no nos traigas una maleta hecha para un mes solo para por si acaso, como haces siempre. Tráete solo una chaqueta, y solo un recambio de ropa.
—Pero, ¿y si me roban la chaqueta? ¿Y si se me mancha la ropa?
—¿Cómo te van a robar la chaqueta? ¡Si en todo caso la llevarás puesta!
—Puedo dejarla en un bar y que me la roben o algo… Más vale prevenir que curar, llevaré dos más para por si acaso.
—En todo caso con una bastaría.
—¡Me pueden robar una y puedo perder otra! Para por…
—Sí, sí —la interrumpió Carl—, para por si acaso es mejor prevenir.
Todos alzamos los ojos al techo, con desesperación.
Poco a poco nos fuimos separando, hasta que tan solo quedamos Sally y yo. Nos bajamos en la misma parada, como siempre, y nos despedimos con un abrazo —otro más para la larga lista de hoy—. No puedo simplemente no dárselo, se la nota destrozada y como si toda esta situación la superase. Lo peor es que no ha hecho más que empezar.
Llego a casa, dejo la mochila en mi habitación y me hago la cena: filete con patatas. Termino de cenar, mi madre está sentada frente a la televisión. Me dirijo a subir las escaleras para ir a mi cuarto cuando me recuerda lo de las pastillas, por lo menos intenta preocuparse, aunque ya sea un poco tarde.
—Mamá, voy a morirme igual. Ya no importa que me las tome o no.
—Ya, tienes razón…
—Mañana voy a salir de viaje, por cierto. Me voy de vacaciones con los chicos, volveré en dos días.
—¡Genial!, tendré la casa para mí sola. ¿Necesitas algo?
Que te comportes como una madre y no como una compañera de piso. Que quieras ayudarme con la maleta como haría cualquier madre o que me grites por avisarte con tan poca antelación y no me dejes ir. Pero en lugar de eso le digo:
—No te preocupes, ya me las apaño sola. —Como hago siempre.
Subo a mi habitación. Me preparo una ducha caliente para relajarme. Han sido demasiadas cosas en un mismo día. Tras terminar de ducharme, de secarme el pelo, de lavarme los dientes y de ponerme el pijama, saco una de mis maletas, la más pequeña que tengo. La de equipaje de mano. Abro el armario y empiezo a pensar qué llevarme.
¡Joder, no hay nada que me guste!
Empiezo a esparcir ropa por la cama, mi indecisión es total. Combino unas camisetas con unos pantalones, con otros, con unas minifaldas, con otras, con unos shorts, con más pantalones. Me vuelvo loca. Es desesperante. Al final me decido por una blusa blanca con una falda vaquera con volantes para mañana. Y un top verde con unos shorts blancos para el día siguiente. Y el bikini azul, por si paramos en una playa. Meto también la cazadora vaquera, la corta, por si hiciese frío. Y el neceser que no falte, aunque decido meterlo por la mañana. Meto algo de ropa interior. Paso revista. De zapatos las converse verdes. Creo que no me dejo nada.
Vuelvo a doblar toda la ropa que hay esparcida por mi cama, la guardo de nuevo y, finalmente, saco la maleta al pasillo.
Decido meterme ya en la cama, mañana tengo que madrugar. Pero una vez me hallo bajo las sábanas me es imposible dormir. ¿Quién sería capaz de hacerlo, sabiendo que al dormir solo consigue perder horas y horas de vida a lo tonto? Mientras pienso ciento y un formas de poder dormirme me viene a la cabeza un recuerdo de mis abuelos.
Eran Navidades. En concreto era la noche en la que venía “Papá Noel”. Por aquel entonces aún vivía con mis abuelos, mi madre se encontraría en su casa, supongo. La verdad es que no recuerdo si estaba o no. Yo tendría alrededor de tres o cuatro años. Recuerdo que no podía dormir. ¡Me era imposible! La sola idea de saber que iba a venir un hombre que me iba a traer regalos tan solo por haberme portado bien me excitaba tanto que no podía dormirme —era pequeña e inocente, no me lo tengáis en cuenta—.
A mi abuelo le gustaba mucho contarme cuentos, y a mí me encantaba que me los contase, dicho sea de paso. Recuerdo que me había contado uno y me había mandado ya a dormir, ¡pero yo no podía dormir! ¡Estaba muy nerviosa! Así que salí al salón y le pedí que me contase otro, porque no podía dormir. Entonces mi abuela me dijo, agachándose para ponerse a mi altura:
—¿Sabes lo que hay que hacer para dormirse muy muy muy muy rápido y que la noche se pase volando y puedas levantarte a abrir los regalos?
—¿Qué? —le contesté yo, emocionada.
—Tienes que cerrar los puños muy muy fuerte, cerrar los ojos muy muy fuerte y desear con todas tus fuerzas el dormirte.
—Pero… ¿y si no funciona? —le dije preocupada.
—Entonces, para que tenga más fuerza, te cuento un cuento.
—¡Sí! —dije ilusionada. Y arrastré al abuelo hasta mi cuarto.
—¿Cuál quieres que te cuente?
—¡El de Kevin! —recuerdo que le dije. Me encantaba ese cuento, me lo contaba una y otra vez. Tanto es así que aún hoy recuerdo con total claridad cómo me lo contaba.
—Había una vez un lejano reino, lleno de seres fantásticos, había de todo: dragones, caballeros y princesas, magos, brujas, hadas, elfos y… un niño normal. Ese niño se llamaba Kevin y no era mago, ni brujo, ni elfo, ni caballero… Nadie entendía de dónde podía haber salido, lo recordaban siempre en el pueblo. En el colegio los compañeros se reían de él, todos los demás podían hacer magia, o volar, o echar fuego por la boca, o tenían poderes… pero él no tenía nada.
»Lo había intentado todo para ser un ser mágico. Había intentado ser mago, pero al ponerse el gorro de mago se le caía y le tapaba toda la cabeza y la varita salía huyendo de él mientras, enfadada, decía “¡Qué vergüenza! ¡Ser yo tocada por un simple humano sin magia!”.
»Había intentado ser un brujo, pero los gatos negros le habían arañado toda la cara y, al echar los sapos y las culebras en el caldero para intentar hacer una pócima, una culebra le había picado en la mano y se le había hinchado. ¡El pobre Kevin era alérgico a las culebras!
»Después había intentado ser caballero, pero solo de pensar en luchar contra un dragón… ¡se le ponían los pelos de punta! Era demasiado miedica para eso.
»Probó también a ser dragón y comió muchísisisimas guindillas, y otras comidas picantes para echar fuego por la boca, pero picaban demasiado, ¡además, el fuego daba mucho calor! Desde luego él no podía ser un dragón.
»Princesa no podía ser ¡los príncipes no necesitan ser rescatados! Y al intentar estirarse las orejas para ser elfo se le habían puesto rojas como tomates. Un hada tampoco podía ser, ¡era demasiado grande!
»Y tampoco sirena ¡no podía respirar en el agua! Intentó también ser superhéroe pero ¿sabes que pasó cuando intentó volar? Que se cayó al suelo y se dio tal golpetazo… ¡que no quiso volver a saber nada sobre volar!
»Pero entonces, si no podía ser nada de eso ¿qué era Kevin? No lo sabía. Y le entraron ganas de llorar. Y llorando se lo encontró Rosetta en el parque del cole. Y le preguntó: «¿qué te pasa, Kevin?».
»Kevin le dijo, entre lágrimas y moqueos, que lloraba porque él no era nadie como los demás. Porque no tenía ningún poder mágico. Entonces Rosetta le contestó: «¿Cómo que no eres nadie? Eres mi amigo Kevin. Y tienes el poder de hacer que me ría mucho jugando contigo».
»Kevin la miró y se quedó muy sorprendido. ¡Él no había pensado en eso! ¡Claro! ¡Él también tenía poderes! Desde ese día Kevin usó sus poderes para jugar con todos sus compañeros y hacerles reír, y nadie más volvió a decirle que no tenía poderes. Porque él tenía el poder más importante: el poder de la risa.
Recuerdo que tras ese último cuento intenté el truco de la abuela y, o yo era muy inocente y tenía ciega fe en ella, o realmente funcionó. Cierro los ojos con fuerza, los puños también y lo intento.
Tras media hora de intentarlo sin éxito desisto. Entonces empiezo a contar ovejitas, pero me siento más idiota aún. Está claro que así lo único que consigo es perder el tiempo y sentirme más agarrotada. Miles de pensamientos cruzan mi mente. Miles de recuerdos. De nuevo las lágrimas empiezan a amenazar con derramarse por mis ojos pero en esta ocasión, en la oscuridad de mi cuarto, me lo permito.
Lloro a lágrima viva por todo. Por todas las cosas que me voy a perder: por el baile de graduación que nunca tendré, por la universidad a la que no iré, por las tardes con amigos en la playa, la piscina, el monte, en parques de atracciones… en las que no estaré, por los viajes de fin de curso que no tendré, por las personas que no conoceré, por la mascota que nunca tendré —siempre he querido una pero mi madre se niega a compartir la casa con más que conmigo—, por la ropa que no me compraré, por las risas que no me echaré, por los libros que no leeré, por la casa propia que no tendré, por los hijos que no tendré, por no poder seguir por más tiempo al lado de Brian, porque dejaré un hueco vacío que otra, u otras, persona llenará, por las discusiones con Matt que no tendré, por las risas con las salidas de Evelyn que no tendré, por la paciencia con la dislexia de Carl que no le podré dar, por no poder estar ahí como una hermana para Sally, por no poder burlarme más de Derek y su complejo de Don Juan, por no poder seguir ahí admirando a Kelly, por no poder poner histéricos a todos junto con Jack, por… por todo. Lloro por todo hasta que me duelen los ojos de tanto llorar y se me secan las lágrimas. Lloro porque no es justo, porque yo no he hecho nada para merecerme esto. Porque sé que hay gente que también está luchando por su vida o a punto de morirse, pero en este momento solo puedo ser una completa egoísta y pensar en mí y en nadie más.
Cuando ya tengo los ojos secos de repente se me ilumina, ¡la cámara! No me he metido la cámara y no puedo olvidármela. Tengo que grabar cada uno de los recuerdos de estos últimos días que me quedan, para que nunca me olviden y puedan tenerlos siempre con ellos. Me levanto y la guardo en la maleta, así es imposible que me la olvide.
Después pienso en seguir llorando y compadeciéndome de mí misma, pero está claro que eso no me va a ayudar y que solo va a hacer que pierda más el tiempo. Así que cojo la lista y miro los puntos que me quedan, para ver si hay algún punto con el que pueda ponerme ahora y ahorrar tiempo. Ya dormiré cuando esté muerta. Porque, joder, ¡me voy a morir! Las lágrimas vuelven a asomar a mis ojos y empiezan a caer, empapándome el pijama y dejando pequeñas gotas sobre la hoja de la lista. A pesar de esto, reviso la lista en busca de algo.
Y lo encuentro: el punto 13; escribir un libro. Me gusta leer. Sí, sé que no pega conmigo. Que las chicas como yo no parece que tengamos una vena tan... «friki», por llamarla de algún modo, pero lo cierto es que, aunque no es algo que todo el mundo sepa y no lo voy pregonando a los cuatro vientos, me gusta leer, y mucho. Empecé a leer cuando empezó mi enfermedad, he de admitirlo. Siempre había sido reticente a la lectura, pasaba de leer los libros de lectura obligatoria en el instituto, Kelly me pasaba los resúmenes —ella sí se los leía—, pero cuando empezó mi enfermedad, una tarde hablando con Kelly me habló de un libro de fantasía que estaba leyendo, y ahí empezó todo. Decidí probar con el libro, total no perdía nada, si no me gustaba lo dejaba y ya está. Y puesto que Kelly parecía tan emocionada con el libro suponía que no estaría mal. Y no me equivoqué. El libro era fantástico y con mi enfermedad me ayudó a abstraerme del mundo y a no pensar en ella durante un par de horas. Después de ese leí unos cuantos más de fantasía, me ayudaban a dejar este mundo e irme a otros, donde me imaginaba que mi enfermedad no tendría por qué existir, total eran otros mundos. Entonces fue cuando la idea vino a mi mente, si a mí esos libros me habían dado una especie de apoyo quería devolverles el favor y dárselo yo a otras personas. Pero nunca llegué a escribir ningún libro. No sabía sobre qué hacerlo.
Y es ahora cuando sé sobre qué hacerlo: sobre mis últimos días. Enciendo el ordenador y, mientras escucho el característico sonido de windows esperando que termine de encenderse, miro el reloj: 2:37. Termina de encenderse el portátil y abro un archivo word en blanco. Comienzo a teclear, redactando todo lo que ha pasado hoy. No pienso parar hasta haber terminado.

La última vez que miro el reloj son las cinco y veintidós.

¡Espero que lo disfrutéis! ¡Besosos de osos!


3 comentarios:

  1. Hola!! tienes un premio en mi blog http://unoasisdehistorias.blogspot.com.es/2013/08/un-premio-d.html

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  2. Hola, acabo de descubrir el blog y me encanta la historia. Ahora me pongo a leer todas las demás jejeje.

    Te sigo.

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    1. ¡Hola! Me alegro mucho de que te guste la historia^^ Esta historia es la "mejor que tengo" el resto las empecé mucho antes y, la verdad, les toca hacerles una reescritura para arreglarlas porque no están muy bien que digamos ^^*

      ¡Gracias por pasarte! Besosos de osos!

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